-Hoy es mi día!- exclamó, mientras el agua tibia de la ducha caía sobre su cabeza. Esa mañana Alberto estaba tan contento que hasta un tipo gris como él hablaba en voz alta.
-“Nieeekkkk”- eso no fue Alberto exclamando algo en ucraniano, era el ruido que hacía el grifo al cerrarse.
Su pierna izquierda estaba dentro de la bañera y la otra fuera. Momento crítico, no era cuestión de escoñarse. Toalla en mano intentaba salir y secarse las gotas de agua que le chorreaban escroto abajo.
-“Ringggg, ringgggg”- sonó el teléfono. Tan inoportuno como siempre. Nunca sonaba cuando estabas sentado a su lado, siempre sonaba en momentos así.
Introdujo bruscamente sus pies en las zapatillas y arrancó a toda velocidad hacia la sala. Descolgó el aparato no sin antes haberse llevado por delante el radiador.
-¿Digaaargh?- dolorido y convencido de haberse destrozado el menisco.
-Buenos días, ¿con Don Alberto Méndez por favor?- era una voz de mujer pero de esas que rascan los tímpanos.
-Sí, yo mismo- contestó, mientras la imaginaba tumbada en un sofá con un ducados en los labios, vaso de cazalla en mano luchando contra la resaca.
-Escúcheme con atención. Hoy usted va a morir- lo dijo tan pausadamente que se intuía satisfacción en sus palabras, tal como si saborease cada una de las sílabas, y colgó.
Alberto se quedó inmóvil, tragando saliva, mirando el auricular fijamente como si por ese viejo modelo heraldo fuese a salir una bala directa a su cabeza.
Pasado el mal trago se dirigió al dormitorio dispuesto a vestirse y mientras lo hacía no pudo evitar pensar en quien sería esa zorra de voz vidriosa, si la conocería de algo o simplemente había marcado un número al azar para hacer una broma anónima de mal gusto.
Una vez vestido no le dio mayor importancia. Hoy era el día, el único día de su vida en que nadie le jodería. Las últimas semanas todo había empezado a ir mejor. Por fin, la página web de servilleteros, que antaño creó con tanta ilusión, comenzaba a darle beneficios. Justo dos días antes un gerente de una cadena hotelera, perteneciente a un árabe de la costa marbellí, había confirmado un pedido de mil quinientas unidades del modelo “cisne a-2”. Además sentimentalmente no podía irle mejor y eso si que era importante. Su ex después de un año, tres meses y once días por fin había accedido a volver con él.
Alberto se encargaría del traslado de los bártulos de María con su propio camión. Cerró la puerta y bajó cojeando las escaleras. Salió a la calle y abrió la puerta metálica del almacén que se encontraba en los bajos de la propia finca. Pensó que pese a que los servilleteros ocupaban más de la mitad de la capacidad del camión, esta sería suficiente para cargar también los enseres de María y poder realizar la mudanza sin tener que sacarlos del vehículo. Después, una vez que hubiese finalizado la mudanza, trasladaría la mercancía al puerto de la ciudad para darle salida en un contenedor vía marítima.
Alberto arrancó con prisas y salió del almacén en dirección a la casa de la que, desde hoy, volvería a ser su churri. La conducción no fue sencilla. Cada vez, que pisaba el embrague o el freno, su rodilla parecía partirse en dos. Menos mal que su cariñito estaba viviendo en una zona residencial y encontró sitio delante del mismo número; eso le facilitaría la mudanza. Pulsó el timbre del apartamento y María abrió la puerta.
-Hola Alberto. Anda, pasa- le dijo medio bostezando.
Ella iba en bata corta de seda, bien escotada, que dejaba entrever que no llevaba nada más debajo. A Alberto, en un instante, esos pechos amenazantes le recordaron cuantas posibilidades había de que hubiesen sido manoseados por otros hombres durante un año, tres meses y once días. Sin lugar a dudas, muchas. Pero le daba igual, estaba loco por ella. Su vida desde entonces había sido un infierno en que el trabajo era su único refugio, pero al fin y al cabo un miserable refugio de servilleteros de mierda.
Estuvieron hablando de que cosas se quedaban en la vivienda y que otras iban al camión hasta que Alberto no pudo más y se abalanzó sobre ella besándola con fuerza.
-María, ¿follamos?, te tengo tantas ganas!- suplicó Alberto.
-Ay, no! Estoy sudada. No seas impaciente. Tenemos el resto de nuestra vida para follar. Quiero que nuestra reconciliación sea algo más romántico, no un aquí te pillo aquí te mato con el mozo de las mudanzas. Esta noche cenamos en casa y luego…- y no acabó la frase sonriéndole de forma pícara y un tanto zorrona.
Alberto desistió y fue cargando en el camión todo lo que ella le indicaba mientras se limaba las uñas sentada encima de una caja. Al cabo de una hora y media el camión estaba repleto e incluso tuvo que introducir algunas maletas en la cabina. En aquel momento la inflamación de la rodilla ya era del tamaño de un melón.
-Bueno María, esto ya está. Nos vemos a las ocho en casa. Hasta luego cariño- se despidió de ella con un piquito en los labios.
Ella le dijo adiós con la mano mientras su cuerpo desaparecía entre la penumbra y la puerta a medida que iba cerrándola. Él encendió la radio, metió primera e hizo lo mismo desde el camión.
-Hoy es mi día!- dijo Alberto en voz alta para sí mismo, por segunda vez ya, mientras regresaba a casa feliz pero con un dolor de mil demonios.
Tres manzanas antes de llegar a casa entró ligero de velocidad en la rotonda en que confluye la avenida Graham Bell con las calles Cisne y Cupido. Mientras la tomaba, un repartidor de pizzas cruzó de golpe su carril provocando el volantazo de Alberto. A la vez intentó frenar pero aquella rodilla fue incapaz de reaccionar rápido con semejante inflamación. Irremediablemente perdió el control del camión y el resultado fue un trágico accidente: el camión volcado en la plazoleta donde la fuente y el cuerpo de Alberto, que había salido despedido de la cabina, yacía inerte sobre la zona ajardinada con un brazo menos y la cabeza reventada.
Varias horas después un agente de la policía local y un operador de grúa comentaban el suceso con total naturalidad:
-Aunque la culpa haya sido del pizzero ese camión ha volcado por exceso de carga. Hasta maletas en la cabina!- dijo el agente.
-Lo que me ha dejado helado es lo que me ha comentado Perico el de las ambulancias- dijo el operador.
-¿El qué?- preguntó el agente.
-Pues que cuando llegaron al lugar, la radio del camión seguía en funcionamiento y sonaba a todo volumen “Hoy no es tu día” la bachata de Joe Veras- contestó el operador gesticulando.
-Buffffff! Los pelos de punta oye!- resopló solemnemente el agente mientras pisaba un cigarro.






