miércoles, 26 de enero de 2011

HOY ES MI DÍA


-Hoy es mi día!- exclamó, mientras el agua tibia de la ducha caía sobre su cabeza. Esa mañana Alberto estaba tan contento que hasta un tipo gris como él hablaba en voz alta.
-“Nieeekkkk”- eso no fue Alberto exclamando algo en ucraniano, era el ruido que hacía el grifo al cerrarse.
Su pierna izquierda estaba dentro de la bañera y la otra fuera. Momento crítico, no era cuestión de escoñarse. Toalla en mano intentaba salir y secarse las gotas de agua que le chorreaban escroto abajo.
-“Ringggg, ringgggg”- sonó el teléfono. Tan inoportuno como siempre. Nunca sonaba cuando estabas sentado a su lado, siempre sonaba en momentos así.
Introdujo bruscamente sus pies en las zapatillas y arrancó a toda velocidad hacia la sala. Descolgó el aparato no sin antes haberse llevado por delante el radiador.
-¿Digaaargh?- dolorido y convencido de haberse destrozado el menisco.
-Buenos días, ¿con Don Alberto Méndez por favor?- era una voz de mujer pero de esas que rascan los tímpanos.
-Sí, yo mismo- contestó, mientras la imaginaba tumbada en un sofá con un ducados en los labios, vaso de cazalla en mano luchando contra la resaca.
-Escúcheme con atención. Hoy usted va a morir- lo dijo tan pausadamente que se intuía satisfacción en sus palabras, tal como si saborease cada una de las sílabas, y colgó.
Alberto se quedó inmóvil, tragando saliva, mirando el auricular fijamente como si por ese viejo modelo heraldo fuese a salir una bala directa a su cabeza.
Pasado el mal trago se dirigió al dormitorio dispuesto a vestirse y mientras lo hacía no pudo evitar pensar en quien sería esa zorra de voz vidriosa, si la conocería de algo o simplemente había marcado un número al azar para hacer una broma anónima de mal gusto.
Una vez vestido no le dio mayor importancia. Hoy era el día, el único día de su vida en que nadie le jodería. Las últimas semanas todo había empezado a ir mejor. Por fin, la página web de servilleteros, que antaño creó con tanta ilusión, comenzaba a darle beneficios. Justo dos días antes un gerente de una cadena hotelera, perteneciente a un árabe de la costa marbellí, había confirmado un pedido de mil quinientas unidades del modelo “cisne a-2”. Además sentimentalmente no podía irle mejor y eso si que era importante. Su ex después de un año, tres meses y once días por fin había accedido a volver con él.
Alberto se encargaría del traslado de los bártulos de María con su propio camión. Cerró la puerta y bajó cojeando las escaleras. Salió a la calle y abrió la puerta metálica del almacén que se encontraba en los bajos de la propia finca. Pensó que pese a que los servilleteros ocupaban más de la mitad de la capacidad del camión, esta sería suficiente para cargar también los enseres de María y poder realizar la mudanza sin tener que sacarlos del vehículo. Después, una vez que hubiese finalizado la mudanza, trasladaría la mercancía al puerto de la ciudad para darle salida en un contenedor vía marítima.
Alberto arrancó con prisas y salió del almacén en dirección a la casa de la que, desde hoy, volvería a ser su churri. La conducción no fue sencilla. Cada vez, que pisaba el embrague o el freno, su rodilla parecía partirse en dos. Menos mal que su cariñito estaba viviendo en una zona residencial y encontró sitio delante del mismo número; eso le facilitaría la mudanza. Pulsó el timbre del apartamento y María abrió la puerta.
-Hola Alberto. Anda, pasa- le dijo medio bostezando.
Ella iba en bata corta de seda, bien escotada, que dejaba entrever que no llevaba nada más debajo. A Alberto, en un instante, esos pechos amenazantes le recordaron cuantas posibilidades había de que hubiesen sido manoseados por otros hombres durante un año, tres meses y once días. Sin lugar a dudas, muchas. Pero le daba igual, estaba loco por ella. Su vida desde entonces había sido un infierno en que el trabajo era su único refugio, pero al fin y al cabo un miserable refugio de servilleteros de mierda.
Estuvieron hablando de que cosas se quedaban en la vivienda y que otras iban al camión hasta que Alberto no pudo más y se abalanzó sobre ella besándola con fuerza.
-María, ¿follamos?, te tengo tantas ganas!- suplicó Alberto.
-Ay, no! Estoy sudada. No seas impaciente. Tenemos el resto de nuestra vida para follar. Quiero que nuestra reconciliación sea algo más romántico, no un aquí te pillo aquí te mato con el mozo de las mudanzas. Esta noche cenamos en casa y luego…- y no acabó la frase sonriéndole de forma pícara y un tanto zorrona.
Alberto desistió y fue cargando en el camión todo lo que ella le indicaba mientras se limaba las uñas sentada encima de una caja. Al cabo de una hora y media el camión estaba repleto e incluso tuvo que introducir algunas maletas en la cabina. En aquel momento la inflamación de la rodilla ya era del tamaño de un melón.
-Bueno María, esto ya está. Nos vemos a las ocho en casa. Hasta luego cariño- se despidió de ella con un piquito en los labios.
Ella le dijo adiós con la mano mientras su cuerpo desaparecía entre la penumbra y la puerta a medida que iba cerrándola. Él encendió la radio, metió primera e hizo lo mismo desde el camión.
-Hoy es mi día!- dijo Alberto en voz alta para sí mismo, por segunda vez ya, mientras regresaba a casa feliz pero con un dolor de mil demonios.
Tres manzanas antes de llegar a casa entró ligero de velocidad en la rotonda en que confluye la avenida Graham Bell con las calles Cisne y Cupido. Mientras la tomaba, un repartidor de pizzas cruzó de golpe su carril provocando el volantazo de Alberto. A la vez intentó frenar pero aquella rodilla fue incapaz de reaccionar rápido con semejante inflamación. Irremediablemente perdió el control del camión y el resultado fue un trágico accidente: el camión volcado en la plazoleta donde la fuente y el cuerpo de Alberto, que había salido despedido de la cabina, yacía inerte sobre la zona ajardinada con un brazo menos y la cabeza reventada.
Varias horas después un agente de la policía local y un operador de grúa comentaban el suceso con total naturalidad:
-Aunque la culpa haya sido del pizzero ese camión ha volcado por exceso de carga. Hasta maletas en la cabina!- dijo el agente.
-Lo que me ha dejado helado es lo que me ha comentado Perico el de las ambulancias- dijo el operador.
-¿El qué?- preguntó el agente.
-Pues que cuando llegaron al lugar, la radio del camión seguía en funcionamiento y sonaba a todo volumen “Hoy no es tu día” la bachata de Joe Veras- contestó el operador gesticulando.
-Buffffff! Los pelos de punta oye!- resopló solemnemente el agente mientras pisaba un cigarro.


viernes, 15 de octubre de 2010

CALA NEGRA



Un, dos, tres, va… María de la Encarnación García Mata aparcó el coche a un lado del camino forestal, bajo un pino quebrado por algún temporal pasado, aun a sabiendas que le quedaba un buen trecho a pie hasta llegar a su destino. No quería que nadie la pudiera relacionar con el coche. Para lo que tenía en mente la discreción debía ser primordial. Cogió su mochila repleta de preservativos, cerró las puertas y comenzó a caminar desviándose del trayecto, emprendiendo, bosque a través, lo que ella esperaba iba a ser un viaje iniciático. La tarde era muy calurosa, aunque más acaloradas eran las constantes discusiones con su marido. Todo lo que sucediese a partir de ese mismo momento sería culpa de Mauro Hipólito Rodríguez Martín. Ambos aparentaban ser la pareja perfecta tras tres años y un día de sacrosanto matrimonio, primero ante los ojos de Dios y segundo ante la congregación. Él ocultando su homosexualidad y ella una malsana conveniencia económica. La tormentosa relación había hecho florecer en ella un acentuado sentimiento de venganza. Hoy se presentaría en sociedad una nueva mujer. Toda una reconocida señora, coordinadora de los comedores social católicos de la ciudad, que pasaría a la posteridad como la más puta y la más guarra sobre la faz de la tierra y cuyo mayor deseo era que Mauro Hipólito acabase enterándose de su desmedida lujuria, no por ella misma, sino por los demás. Vox populi que dirían sus hermanos y hermanas de congregación. Tres años de casta convivencia y pura devoción a los Legionarios de Cristo habían despertado sus instintos más reprimidos. Desde que dormían en habitaciones separadas, internet era un refugio donde indagar su obsesión: acceder al sexo anónimo, cerdo y salvaje. Después de haber descartado una veintena de webs de contactos liberales, encontró lo que exactamente estaba buscando gracias a Pollatentáculos. Ese era el nick de un habitual del foro especializado en bukkake. Pollatentáculos la había remitido a un blog de pésimo diseño gráfico y con más faltas de ortografía que el cuaderno de dictados de Paquirrín. En ese blog, previos filtros y una vez ganada la confianza de su administrador, llamado Nalgapeluda, se concertaban, mediante claves de acceso a archivos, muy de tanto en tanto, quedadas en lugares solitarios, únicamente con tres horas de antelación. El poco margen garantizaba una mayor discreción del aquí te pillo aquí te mato, y así quien asistía realmente demostraba interés. Una vez presentes en el lugar era obligatorio participar, negarte a ello o pretender ser simplemente una voyeur podría acarrear graves consecuencias físicas. Esas eran las reglas. Todo este proceso le había costado a María de la Encarnación meses y meses de insistencia hasta que finalmente Nalgapeluda accedió a darle la clave para acceder a esta cita. Tantos meses de espera y dificultades la habían puesto más cachonda aún si es que eso era posible. Un minuto y quince metros recorridos por el bosque y ya notaba algo de flujo deslizarse entre sus muslos. Cala Negra era una pequeña zona costera de pinar y roca cuyo mal nombre se debía a los vertidos de una central térmica limítrofe. Estaba prohibido bañarse y su nombre auténtico era Cala Plateada. Ella siguió caminando durante un buen rato atendiendo a las directrices y, de repente, al cruzar por unos matorrales y esquivar unas grandes piedras vio a lo lejos la silueta de una mujer culo en pompa defecando con un finísimo tanga puesto. Mientras, tres hombres desnudos se masturbaban a su alrededor contemplando tan escatológica escena. María de la Encarnación quedó totalmente paralizada a excepción de sus párpados que no paraban de abrir y cerrarse compulsivamente como si no dieran crédito a lo que sus ojos estaban  viendo. Se distinguía desde la distancia que uno de los hombres, concretamente el calvo, poseía una frondosa mata de pelo negro en una de sus nalgas. A la vez, los tres, sin dejar de manosearse se inclinaron y empezaron a embadurnarse los cuerpos de aquel abundante y maleble regalo que el esfínter de la mujer propulsaba, a modo de ofrenda, para aquella especie de dioses onanistas de pacotilla. Una vez superada la estupefacción inicial, María de la Encarnación se detuvo a razonar y pensó: “Ah! No! Yo quiero ser la más puta pero por esto yo no paso. No he malgastado tres años de mi vida casada con un maricón y entregada en cuerpo y alma a Cristo Rey, para finalmente acabar llena de mierda hasta las cejas”. Sin más dilación huyo de allí a toda prisa corriendo hacia el coche pensando en ejecutar el plan b, deshacerse de los peces koi de Mauro Hipólito valorados en más de 100.000 euros.

miércoles, 18 de agosto de 2010

¿TONTO?

Ahí está Bernat Moranta en la terraza, meciéndose compulsivamente en su balancín, viendo los coches pasar soportando la canícula bajo una sombrilla. Sabe de memoria todas las marcas, modelos y matrículas de familiares, amigos y conocidos. Tiene buena memoria pero es muy lento de reflejos. Cuando su cerebro relaciona la matrícula con la persona, el coche ya se ha perdido de vista. Siempre quiso conducir pero por razones evidentes no es apto. Aun así su madre ante su insistencia acabó preguntándole, en una ocasión, a su médico de cabecera tal posibilidad, obteniendo por respuesta un escueto y retórico ¿señora, ha perdido usted también la cabeza? Bernat ya luce canas y señoriales patas de gallo que contrarresta con su vestimenta un tanto infantil aire años cincuenta consistente en camisa blanca, pantalones cortos mil rayas y calcetines negros de lino bien estirados. Las circunstancias le han hecho un hombre sobreprotegido por sus ya ancianos padres convirtiéndole en un pequeño clon de los mismos en gustos y maneras de actuar. La madre todo lo encuentra caro, él lo encuentra caro todo. El padre es miedoso, él miedoso es. Sus padres son educados, él es el doble de educado. Repite muchas de sus frases y gestos. Por lo tanto, verlo vestido con la ropa de mercería que le compra su madre y oírle hablar es como retroceder ochenta años a través del túnel del tiempo. Es simpático, tiene gran sentido del humor y cuando ríe su carcajada se asemeja al sonido que emiten las focas en proceso de apareamiento.


Pertenece a una generación en que las familias con casos como el suyo o similares hacían como si el problema no existiera e incluso lo ocultaban por una malentendida vergüenza. De niño tampoco los medios eran muchos y la asistencia profesional experta en la materia, tanto social como privada, era inexistente. Cosas como estas no eran primordiales para los últimos coletazos del gris régimen franquista y hablar de centros especiales de aprendizaje eran simplemente sueños a lo estadounidense. Los dos grandes méritos de Bernat fueron aprender a nadar y a montar en bicicleta. Ambas cosas le costaron a su infancia serios disgustos, sustos y sufrimientos. Se bebió a tragos el mediterráneo y en varias ocasiones estuvo a punto de entrar a formar parte del fondo marino como un elemento más. No obstante, gracias a su empeño y tenacidad, consiguió ser un experto en la modalidad del perrito. Lo de montar en bici fue aún más complicado y las barreras del club marítimo lo saben por la cantidad de trompazos que recibieron. Si nos detuviésemos a hacer un análisis de esas barras de hierro llegaríamos a la conclusión científica de que tienen tanto óxido como piel de Bernat en su composición. Sus quehaceres diarios se limitan a hacer recados con la bicicleta, sellar la quiniela y ayudar en la casa. Cada verano lija y pinta las persianas de la casa, y digo cada verano porque aunque solamente sean cinco las comienza en junio y las acaba en septiembre; buen y fino trabajo, no cabe duda, pero lento de cojones. Recuerdo una ocasión en que no fue tan lento. Aquella vez en que nos encontramos en el bar del barrio, el Toronto, un caluroso día de primavera en que yo regresaba acalorado de una jornada de pesca y le di a probar mi inmaculado seven-up, ya que me dijo que no había tomado jamás refresco alguno que no fuese gaseosa, y con parsimonia asió el vaso de tubo bebiéndoselo todo de un solo trago quedando a un pelo de engullir los 3 cubitos de hielo y la rodaja de limón. Justo en aquel instante post seven-up dos tíos con cara de gilipollas se apoyaban en la barra y uno era yo. Su retraso mental, como suele ser habitual en estos casos, no ha adormecido para nada sus instintos sexuales. Coincidir con él por la calle o cualquier sitio yendo acompañado de tu hermana o tu novia es comprobar que existen los escáneres humanos y que estos dan cariñosos besos. Precisamente por motivos como este creo que hoy, tras mucho pensarlo, voy a detener el balanceo compulsivo de Bernat y le voy a ofrecer el mejor regalo que se le puede dar a alguien así de sus características. Sin que lo sepan sus padres me lo voy a llevar de putas, a un lugar en el que podrá tomarse algún que otro seven-up pero esta vez con güisqui. Y a la vuelta, ¿quién sabe?, quizá le deje conducir.

Dedicado a todos los retrasados mentales.



domingo, 25 de julio de 2010

UN NUEVO COMIENZO



Quizás un nuevo comienzo es el final de un proceso anterior que ni recordamos.
Me siento extraño, creo que han pasado tres semanas desde mi última aventura aunque no lo podría asegurar y desde entonces juraría que estoy ciego. No veo absolutamente nada de nada exceptuando pequeños momentos puntuales en que la oscuridad se convierte en luminosidad y una sensación de calor se apodera de mis mejillas aliviando por unos segundos el frío intenso que siento por toda mi cabeza. Aun teniendo la nariz helada no paro de oler una especie de extravagante esencia de gambas, nata y fresas. Siento las manos y los pies muy pero que muy húmedos y de vez en cuando una sensación como si recibiese mordisquitos en mis dedos. En cambio el resto de mi cuerpo padece gran presión y acaloramiento sobre torso y piernas además de un continuo cosquilleo que parece brotar desde mi interior. No cabe duda de que me siento disperso como si estuviera en varios lugares a la vez. Cuando menos es curioso que esto me pase a mí que siempre he sido un tipo de los que se apoltronan horas y horas en un mismo sitio.

Me considero un artista, soy músico y cantante. A lo largo de la década de los ochenta compuse una treintena de temas propios que ninguna discográfica quiso editar. Yo mismo me auto-produje una casete con cuatro de mis mejores canciones y otras tantas versiones de Dyango y Francisco que gracias a un conocido pude mal vender en un par de gasolineras de su propiedad. En realidad tampoco estuvo tan mal, se vendieron sesenta y cuatro de una tirada de quinientas. Supongo que fue una gran idea añadir quince minutos extra en la cara b con el método audio hipnosis para dejar de fumar y dejarlo bien claro en la carátula. Es evidente que no he triunfado en mi profesión pero no obstante he podido vivir de ella sin problemas gracias a verbenas, bodas, comuniones, etc.

Hace unos años que me gano la vida bastante bien actuando en un hotel de la costa. Los turistas son el tipo de espectador más agradecido que un artista pueda tener, los míos, en concreto, son germanos de clase media. Te encuentras allí solo en un pequeño escenario a la izquierda del bufet acompañado únicamente por tu inseparable sintetizador yamaha y observas como esos bárbaros con bermudas llenan sus panzas y beben hasta reventar para después salir a bailar, dando tumbos, “Qué viva España!” o “Bye, bye, fräulein” al compás de mi música. Te miran, te hacen gestos de aprobación con el dedo pulgar y aplauden a rabiar al final de cada canción. Las esposas maduras te hacen ojitos, mientras bailan agarradas a sus fornidos maridos, cuando estos te dan la espalda; por no hablar de las viudas de la tercera edad y divorciadas menopáusicas siempre dispuestas a invitarte a una copa después de cada actuación. Pero sin lugar a dudas me quedo con esas esposas en su esplendor otoñal, tan necesitadas como agradecidas ellas, tanto que me permiten poner en práctica todo tipo de guarradas características de su propio cine porno teutón, “maximum perversum” creo recordar que se llamaba aquella antología nibelunga. El modus operandi siempre es el mismo: el marido durmiendo en estado de coma etílico en su respectiva habitación mientras la mujer acude borracha al calor de mis brazos a la ciento catorce. En recepción tienen órdenes específicas de indicar el número de mi habitación a toda mujer que pregunte por mí. Tocan a la puerta, abro y si me gusta lo que veo la hago pasar y le invito a una copa. El resto se lo pueden imaginar. Sé que me juego el pellejo pero no puedo evitarlo, el fervor diplomático por unas buenas relaciones hispano-germánicas es superior a mis fuerzas.

UltimaHora.es Sucesos 25/07/2010
La Policía Nacional localizó ayer lo que podrían ser los restos humanos del cadáver de Jaime Gibert Marqués, el cantante profesional que desapareció hace 21 días, a la espera de la confirmación de las pertinentes pruebas forenses de identificación. Miembros de la policía científica así como el titular del juzgado se personaron en el lugar, una casa de campo a las afueras del municipio de Consell. Fuentes anónimas cercanas al caso desvelaron a este medio detalles del macabro hallazgo. El cuerpo sin vida se hallaba descuartizado en distintas partes de la casa. En el interior de un frigorífico se encontró la cabeza decapitada junto a una bolsa de gambas y una tarta de nata con fresas alineadas de tal forma que se podía leer el nombre de Jimmy. En una pecera se encontraban sumergidos, compartiendo hábitat con unos pececillos tropicales, las manos y pies de la víctima. Por último el resto del cuerpo fue descubierto, con la ayuda de los perros, en una zona ajardinada, enterrado a medio metro de profundidad en avanzado estado de putrefacción debido a las altas temperaturas sufridas en la isla durante el mes de Julio. Recordemos que desde que Jimmy Dante, nombre artístico del cantante, desapareció sin dejar rastro dejando todas sus pertenencias en su habitación del hotel Torremar los investigadores temían un fatal desenlace más si cabe acentuado por la constante rumorología sobre su promiscua y agitada vida sexual que podría haberle ocasionado grandes enemigos. El sospechoso del asesinato se encuentra desde ayer en las dependencias policiales, se sabe que es un ciudadano alemán que fue cliente habitual del hotel hasta el año pasado en que tuvo un altercado con Dante. Posteriormente se separó de su mujer y se había establecido en el término municipal de Consell.

Bien, creo que ya es hora de que me presente, mi nombre es Jimmy Dante, soy un artista de 51 años, cantante y músico, soltero, bien parecido y con una estupenda melena canosa. Me siento extraño pero ya no disperso. Acabo de darme cuenta de que soy un cadáver en pleno proceso de descomposición. Desde entonces no he visto ninguna luz intensa al final de un túnel, tampoco he visto un duplicado etéreo de mi cuerpo levitar y ni siquiera un resumen de mi vida ha pasado fugazmente en imágenes por una especie de visor mental. Por otra parte os diré que ningún Dios ha venido a buscarme aunque eso en realidad no me extraña tanto.



martes, 13 de julio de 2010

VACACIONES EN MALLORCA

Esta historia da comienzo en el aparcamiento de un centro comercial a pocos instantes de su cierre diario. Pacientemente sentado al volante, en su plaza favorita, una de las más discretas, la H-11. En su ipod suena una y otra vez “plug me in” de los Add N To (X). Desde hace semanas no puede sacarse ese videoclip de la cabeza que ha pasado a formar parte de sus enfermizas obsesiones. Por los retrovisores observa a los clientes de última hora empujando sus carritos hacia los coches. A estas horas abundan los clientes solitarios, los que salen tarde de sus trabajos y van a hacer sus compras deprisa y corriendo minutos antes de que los comercios cierren. Bendito Carrefour, gracias por cerrar tan tarde, piensa él. Él es nuestro protagonista, un cazador implacable, un depredador ibérico que sigue el ritmo de la música golpeando suavemente con los dedos el toro de plástico que hay en el salpicadero. Se las da de castizo pero al muy cerdo le encanta usar el puño americano. Puede ser una gran noche. Cada vez quedan menos coches en el parking pero todavía resiste uno en la H-12 y eso es requisito imprescindible y fundamental para poner en marcha la cacería. Además augura una buena presa. Lo presiente porque es un Lancia, un pequeño utilitario de gama alta, de reciente matriculación, con una L puesta en la luna trasera junto a la ingenua pegatina de Hello Kitty, un coche de niñata seguro, regalo de sus papis por cumplir 18 o diplomarse con buena nota. El calor, la última raya de farlopa y diversas elucubraciones mentales le hacen sudar. Se seca la frente con servilletas del mc auto y sorbe con desgana los restos de hielo del vaso de refresco. ¡Atención! El cazador de repente baja el volumen. ¡Bingo! Parece que a lo lejos alguien con un carrito toma la dirección adecuada y posiblemente llegue el momento de actuar. El chirriar de las ruedas va metiéndose en sus oídos a medida que se aproxima y el cazador se desliza delicadamente por el asiento. Mirando por encima del volante comprueba que es una chica con gafas, morena, gordita, de estatura media que empuja sus compras no sin algunos problemas. La respiración se intensifica y los latidos de su corazón se aceleran mientras espera agazapado sobre la alfombrilla. El carro deja de oírse, seguidamente escucha unos pasos cercanos y el “clak” de apertura del maletero. Llegado al punto de excitación máxima coge el puño americano de la guantera, sube a todo volumen el ipod, se incorpora y sale de la furgoneta rápidamente. Mordiéndose con rabia los labios se abalanza por detrás sobre ella. El paso siguiente son dos golpes secos y certeros en la nuca de la desdichada que cae desplomada sobre su propio maletero. La ira y el placer disimulan el dolor de su mano. Con una tranquilidad pasmosa levanta la cabeza y echa un vistazo, hay calma tras la tormenta. La arrastra un par de metros, abre la puerta trasera de la furgoneta y la introduce en su interior como si de un saco de patatas se tratase. Luego recoge toda su compra y la introduce también, pero lo hace con sumo cuidado y delicadeza, ha distinguido botellas y huevos en las bolsas. Con naturalidad cierra el maletero del Lancia y lleva el carrito al puesto de enganche más cercano recuperando un euro. Ahora se mete en la furgoneta y con cinta de embalar la amordaza y la ata de pies y manos, mientras tanto, de cintura para abajo, su paquete refleja un repentino esplendor que le hace superar por unos momentos sus serios problemas de erección. Le quita las gafas y observa sangre en sus cabellos pero no está muerta, menos mal. Este tipo de caza requiere a la presa magullada pero con vida que es realmente lo importante. Arranca la furgoneta tranquilamente y abandona el aparcamiento con la misma velocidad que un turista despistado, no hay que levantar sospechas. Satisfecho se quita los auriculares y sonríe. En su caso la cara no es el espejo del alma pero sí que lo es de pura satisfacción. Ya en las afueras de la ciudad se dispone a coger la autovía dirección oeste y para ello enfila la calle estrecha previa a la rotonda por la que suele pasar todos los días pero ¡Oh, no, Sorpresa! Sin posibilidad de reacción se encuentra con un control de la policía nacional de los de ametralladora en mano, perros inquietos y cadenas de detención stingers. A la señal de alto detiene la furgoneta con nerviosismo. Dos agentes se acercan con las linternas, le piden la documentación y solicitan que les muestre el interior del vehículo. El cazador, ahora ya resignado, es consciente de que sus días de caza terminan aquí, con una veda más que forzosa e indefinida. Mientras, en el interior de su furgoneta yace una chica inconsciente, natural de Pedralbes, hija de la directora general de acción cívica de la Generalitat, perteneciente a Esquerra Republicana de Catalunya, que pasaba unos días de vacaciones en un apartamento familiar. Curiosa manía la de la puta Casa Real de veranear también en Mallorca con la jodida cantidad de controles policiales que ello supone.

miércoles, 7 de julio de 2010

ONCE AÑOS


Hola a todos, me llamo Cabrón y tengo once años, pero once de 1982. Todos los sábados vamos a comer a casa de los abuelos. Mi padre acaba de dejar en la puerta a mi madre y a la cerda de mi hermana. Yo me voy con él a aparcar. Es un Ford Fiesta L de esos de color diarrea. Encontramos un sitio, justito, pero lo encajamos a base de golpes y maniobras entre un Renault 12 verde y otro Ford Fiesta exactamente igual que el nuestro, son tiempos en que la mierda viste mucho. Subo la ventanilla, va muy dura y casi me rompo la muñeca. Mi padre sube la suya mientras despega su camisa sudada del asiento. Pone la barra antirrobo. Tecnología punta dice él y cerramos las puertas delicadamente, sin dar portazos, el coche solamente tiene dos años. Me ofrece la mano pero la rechazo. Cruzamos la calle, él andando de mala gana y yo corriendo. Para él comer con sus suegros es un coñazo, para mi es divertido. La entrada está abierta. Subimos, es un tercero sin ascensor. Me adelanto y le doy al picaporte. Unos segundos después abre mi abuelo, pelo blanco en pecho, sin camisa. Saludos de rigor entre ellos mientras su mano frota enérgicamente mi cabello. Arranco a toda velocidad por el oscuro pasillo hasta llegar a la sala. Allí está mi abuela, sentada en la butaca, que sostiene entre sus piernas a la que desde hace tres años es el juguete de toda la familia, la cerda babosa la llamo yo. Mi abuela me pide un beso y a regañadientes se lo doy. Mi madre que está de pie en el mirador observando el bullicio de la plaza se gira sonriendo al ver como intento esquivar los tres eternos pelos de su bigote. De paso, aprovecho para soltar un codazo a la cerda. Siempre lo mismo, pausa de sorpresa, uno, dos, tres y ya, rompe a llorar. Todos me increpan, me recuerdan lo mal hermano que soy y que se me castigará al llegar a casa. Pasada la tempestad nos reunimos a manteles y empezamos a comer una de las tres únicas bazofias que sabe cocinar mi abuela y que va alternando sábado tras sábado. Pasan los minutos. La sopa se enfría pero la comida se calienta. ¿Será el menú el causante de las discusiones de mis padres en la mesa?. Desconecto de tanto aullido y pongo mi atención en el televisor. Están dando dibujos de naranjito, citronio y compañía. ¡Menuda mierda! Parecen dibujados por Fernández, el retrasado que se sienta en la última fila de mi clase. Acabamos de comer y mi madre lloriqueando como siempre. Las mujeres se encierran en la cocina, mi padre lee el periódico y mi abuelo se apoltrona en la butaca dispuesto a su sesión de tarde en el lejano oeste. Al fin ha llegado mi momento, por lo que vale la pena venir todos los sábados. Silbando, manos atrás emprendo mi viaje personal, lo que hace que todos los fines de semana tengan sentido. Sigo el mismo oscuro pasillo de antes, ignoro distintas dependencias a los lados hasta finalmente entrar en la habitación de mi abuelo. Hace años que duermen en habitaciones separadas, ambos roncan y no se soportan. Abro el armario principal, pongo un pie encima del segundo cajón y tomo impulso. Tanteo el altillo con la mano derecha hasta que doy con el divino tesoro. Son un montón de revistas. Las bajo, me tiemblan las manos, me siento en la cama, miro a todos lados, quito el elástico que las sujeta, las pongo sobre mis piernas y comienza el festín: Macho, Lib, Lib, Lib, Macho, Lib, Macho, Lib. Ocho revistas en total, no hay ninguna novedad desde la última vez. Ojeo cada una de ellas con detenimiento, como si quisiera encontrar un código cifrado en alguna de sus páginas. Sus protagonistas son mis amigas desde hace tiempo, conozco perfectamente sus nombres: Luz, Bárbara, Luisa, Marisol, Fernanda, Irene, etc. Todas me gustan, todas sonríen, todas me miran. La mayoría son morenas e incluso una es de raza negra. Algunas son rubias pero solamente de cabello, curiosamente tienen el pelo de abajo oscuro. Estas tías enseñan todo, no como las que veo cuando vamos a la playa. De repente, abocado un sábado más a estos momentos privados en el dormitorio de mi abuelo, placeres ocultos, sensaciones indescriptibles, bombeo de sangre, cosquilleo en la entrepierna, y… ¡mierda! Oigo pasos, pero eso es otra historia.

sábado, 3 de julio de 2010

MALDITOS GALGOS


Founders Park, Isla Morada, Florida. Lugar tranquilo para vivir o morir en un barco amarrado. No he pasado buena noche, me he visto en sueños haciendo surf en cajas de pino y sospechosamente eran de mi tamaño. Aún no sé bien si estoy despierto o dormido. Estiro el brazo izquierdo y con la punta de los dedos rescato mi "trolex" del interior de un vaso con restos de Van Winkle. Son las 7:22 a.m. Oigo voces en el exterior. Alguien da un salto desde el pantalán, sube y casi se mata. Lo sé por el estruendo y por un “ay” de dolor seguido de un “me cago en la puta”. Toda la noche ha estado lloviendo y el piso debe estar resbaladizo, sobre todo si no llevas calzado náutico. Noto otro salto, pero este es de menor peso y mejor equilibrio.

-¡eh tú, mamón, despierta!- gritan aporreando el portón de la embarcación.
-¡ya estoy despierto bocazas!- respondo levantando amenazante mi dedo medio.
-¡abre si no quieres que te quememos el barco!- insisten. 
-¿pero qué demonios pasa?- abro el portón y asomo la cabeza frotándome los ojos.

Un tipo sudoroso del tamaño de un armario doble y otro parecido a una mesita de noche con bigote me clavan sus miradas inyectadas en sangre.
Armario doble, sin mediar palabra, me agarra por el cuello con sus inmensas manos y presiona fuertemente.

-¿y e e el di di ne ne ro, hi hi jo de pu pu ta?- mesita de noche me susurra al oído.

El tipo es tartamudo y eso perjudica seriamente mi relación con armario doble que casi consigue desorbitarme los ojos mientras el enano mostachudo acaba la frase.
El mismo dedo que antes se alzó insolente ahora señala tembloroso la nevera. Mesita de noche se acerca como un pato mareado a ella, lo normal en un barco de 7 metros con overbooking repentino. La abre y sí, allí está, una bolsa de Wal*Mart llena de billetes, entre un bote de ketchup y una lata abierta de Miller. Concretamente tres mil de los grandes ganados suciamente a los rusos en el Palm Beach Kennel Club. La última carrera del sábado había sido muy rentable gracias a aquellos malditos galgos drogados hasta los collares.

-¡a a ca ca ba con él!- espeta mirando los fajos.

Armario doble comienza a apretar sus tenazas enguantadas a lo bestia y sufro muchísimo, tengo ganas de vomitar, me asfixio, lucho, retuerzo brazos y piernas, me empalmo, pierdo la visión … … … … … … … ¿Estoy muerto? No lo sé. Lo que es seguro es que me he quedado sin la jodida pasta.