Ahí está Bernat Moranta en la terraza, meciéndose compulsivamente en su balancín, viendo los coches pasar soportando la canícula bajo una sombrilla. Sabe de memoria todas las marcas, modelos y matrículas de familiares, amigos y conocidos. Tiene buena memoria pero es muy lento de reflejos. Cuando su cerebro relaciona la matrícula con la persona, el coche ya se ha perdido de vista. Siempre quiso conducir pero por razones evidentes no es apto. Aun así su madre ante su insistencia acabó preguntándole, en una ocasión, a su médico de cabecera tal posibilidad, obteniendo por respuesta un escueto y retórico ¿señora, ha perdido usted también la cabeza? Bernat ya luce canas y señoriales patas de gallo que contrarresta con su vestimenta un tanto infantil aire años cincuenta consistente en camisa blanca, pantalones cortos mil rayas y calcetines negros de lino bien estirados. Las circunstancias le han hecho un hombre sobreprotegido por sus ya ancianos padres convirtiéndole en un pequeño clon de los mismos en gustos y maneras de actuar. La madre todo lo encuentra caro, él lo encuentra caro todo. El padre es miedoso, él miedoso es. Sus padres son educados, él es el doble de educado. Repite muchas de sus frases y gestos. Por lo tanto, verlo vestido con la ropa de mercería que le compra su madre y oírle hablar es como retroceder ochenta años a través del túnel del tiempo. Es simpático, tiene gran sentido del humor y cuando ríe su carcajada se asemeja al sonido que emiten las focas en proceso de apareamiento.
Pertenece a una generación en que las familias con casos como el suyo o similares hacían como si el problema no existiera e incluso lo ocultaban por una malentendida vergüenza. De niño tampoco los medios eran muchos y la asistencia profesional experta en la materia, tanto social como privada, era inexistente. Cosas como estas no eran primordiales para los últimos coletazos del gris régimen franquista y hablar de centros especiales de aprendizaje eran simplemente sueños a lo estadounidense. Los dos grandes méritos de Bernat fueron aprender a nadar y a montar en bicicleta. Ambas cosas le costaron a su infancia serios disgustos, sustos y sufrimientos. Se bebió a tragos el mediterráneo y en varias ocasiones estuvo a punto de entrar a formar parte del fondo marino como un elemento más. No obstante, gracias a su empeño y tenacidad, consiguió ser un experto en la modalidad del perrito. Lo de montar en bici fue aún más complicado y las barreras del club marítimo lo saben por la cantidad de trompazos que recibieron. Si nos detuviésemos a hacer un análisis de esas barras de hierro llegaríamos a la conclusión científica de que tienen tanto óxido como piel de Bernat en su composición. Sus quehaceres diarios se limitan a hacer recados con la bicicleta, sellar la quiniela y ayudar en la casa. Cada verano lija y pinta las persianas de la casa, y digo cada verano porque aunque solamente sean cinco las comienza en junio y las acaba en septiembre; buen y fino trabajo, no cabe duda, pero lento de cojones. Recuerdo una ocasión en que no fue tan lento. Aquella vez en que nos encontramos en el bar del barrio, el Toronto, un caluroso día de primavera en que yo regresaba acalorado de una jornada de pesca y le di a probar mi inmaculado seven-up, ya que me dijo que no había tomado jamás refresco alguno que no fuese gaseosa, y con parsimonia asió el vaso de tubo bebiéndoselo todo de un solo trago quedando a un pelo de engullir los 3 cubitos de hielo y la rodaja de limón. Justo en aquel instante post seven-up dos tíos con cara de gilipollas se apoyaban en la barra y uno era yo. Su retraso mental, como suele ser habitual en estos casos, no ha adormecido para nada sus instintos sexuales. Coincidir con él por la calle o cualquier sitio yendo acompañado de tu hermana o tu novia es comprobar que existen los escáneres humanos y que estos dan cariñosos besos. Precisamente por motivos como este creo que hoy, tras mucho pensarlo, voy a detener el balanceo compulsivo de Bernat y le voy a ofrecer el mejor regalo que se le puede dar a alguien así de sus características. Sin que lo sepan sus padres me lo voy a llevar de putas, a un lugar en el que podrá tomarse algún que otro seven-up pero esta vez con güisqui. Y a la vuelta, ¿quién sabe?, quizá le deje conducir.
Dedicado a todos los retrasados mentales.
