Un, dos, tres, va… María de la Encarnación García Mata aparcó el coche a un lado del camino forestal, bajo un pino quebrado por algún temporal pasado, aun a sabiendas que le quedaba un buen trecho a pie hasta llegar a su destino. No quería que nadie la pudiera relacionar con el coche. Para lo que tenía en mente la discreción debía ser primordial. Cogió su mochila repleta de preservativos, cerró las puertas y comenzó a caminar desviándose del trayecto, emprendiendo, bosque a través, lo que ella esperaba iba a ser un viaje iniciático. La tarde era muy calurosa, aunque más acaloradas eran las constantes discusiones con su marido. Todo lo que sucediese a partir de ese mismo momento sería culpa de Mauro Hipólito Rodríguez Martín. Ambos aparentaban ser la pareja perfecta tras tres años y un día de sacrosanto matrimonio, primero ante los ojos de Dios y segundo ante la congregación. Él ocultando su homosexualidad y ella una malsana conveniencia económica. La tormentosa relación había hecho florecer en ella un acentuado sentimiento de venganza. Hoy se presentaría en sociedad una nueva mujer. Toda una reconocida señora, coordinadora de los comedores social católicos de la ciudad, que pasaría a la posteridad como la más puta y la más guarra sobre la faz de la tierra y cuyo mayor deseo era que Mauro Hipólito acabase enterándose de su desmedida lujuria, no por ella misma, sino por los demás. Vox populi que dirían sus hermanos y hermanas de congregación. Tres años de casta convivencia y pura devoción a los Legionarios de Cristo habían despertado sus instintos más reprimidos. Desde que dormían en habitaciones separadas, internet era un refugio donde indagar su obsesión: acceder al sexo anónimo, cerdo y salvaje. Después de haber descartado una veintena de webs de contactos liberales, encontró lo que exactamente estaba buscando gracias a Pollatentáculos. Ese era el nick de un habitual del foro especializado en bukkake. Pollatentáculos la había remitido a un blog de pésimo diseño gráfico y con más faltas de ortografía que el cuaderno de dictados de Paquirrín. En ese blog, previos filtros y una vez ganada la confianza de su administrador, llamado Nalgapeluda, se concertaban, mediante claves de acceso a archivos, muy de tanto en tanto, quedadas en lugares solitarios, únicamente con tres horas de antelación. El poco margen garantizaba una mayor discreción del aquí te pillo aquí te mato, y así quien asistía realmente demostraba interés. Una vez presentes en el lugar era obligatorio participar, negarte a ello o pretender ser simplemente una voyeur podría acarrear graves consecuencias físicas. Esas eran las reglas. Todo este proceso le había costado a María de la Encarnación meses y meses de insistencia hasta que finalmente Nalgapeluda accedió a darle la clave para acceder a esta cita. Tantos meses de espera y dificultades la habían puesto más cachonda aún si es que eso era posible. Un minuto y quince metros recorridos por el bosque y ya notaba algo de flujo deslizarse entre sus muslos. Cala Negra era una pequeña zona costera de pinar y roca cuyo mal nombre se debía a los vertidos de una central térmica limítrofe. Estaba prohibido bañarse y su nombre auténtico era Cala Plateada. Ella siguió caminando durante un buen rato atendiendo a las directrices y, de repente, al cruzar por unos matorrales y esquivar unas grandes piedras vio a lo lejos la silueta de una mujer culo en pompa defecando con un finísimo tanga puesto. Mientras, tres hombres desnudos se masturbaban a su alrededor contemplando tan escatológica escena. María de la Encarnación quedó totalmente paralizada a excepción de sus párpados que no paraban de abrir y cerrarse compulsivamente como si no dieran crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Se distinguía desde la distancia que uno de los hombres, concretamente el calvo, poseía una frondosa mata de pelo negro en una de sus nalgas. A la vez, los tres, sin dejar de manosearse se inclinaron y empezaron a embadurnarse los cuerpos de aquel abundante y maleble regalo que el esfínter de la mujer propulsaba, a modo de ofrenda, para aquella especie de dioses onanistas de pacotilla. Una vez superada la estupefacción inicial, María de la Encarnación se detuvo a razonar y pensó: “Ah! No! Yo quiero ser la más puta pero por esto yo no paso. No he malgastado tres años de mi vida casada con un maricón y entregada en cuerpo y alma a Cristo Rey, para finalmente acabar llena de mierda hasta las cejas”. Sin más dilación huyo de allí a toda prisa corriendo hacia el coche pensando en ejecutar el plan b, deshacerse de los peces koi de Mauro Hipólito valorados en más de 100.000 euros.
