Founders Park, Isla Morada, Florida. Lugar tranquilo para vivir o morir en un barco amarrado. No he pasado buena noche, me he visto en sueños haciendo surf en cajas de pino y sospechosamente eran de mi tamaño. Aún no sé bien si estoy despierto o dormido. Estiro el brazo izquierdo y con la punta de los dedos rescato mi "trolex" del interior de un vaso con restos de Van Winkle. Son las 7:22 a.m. Oigo voces en el exterior. Alguien da un salto desde el pantalán, sube y casi se mata. Lo sé por el estruendo y por un “ay” de dolor seguido de un “me cago en la puta”. Toda la noche ha estado lloviendo y el piso debe estar resbaladizo, sobre todo si no llevas calzado náutico. Noto otro salto, pero este es de menor peso y mejor equilibrio.
-¡eh tú, mamón, despierta!- gritan aporreando el portón de la embarcación.
-¡ya estoy despierto bocazas!- respondo levantando amenazante mi dedo medio.
-¡abre si no quieres que te quememos el barco!- insisten.
-¿pero qué demonios pasa?- abro el portón y asomo la cabeza frotándome los ojos.
Un tipo sudoroso del tamaño de un armario doble y otro parecido a una mesita de noche con bigote me clavan sus miradas inyectadas en sangre.
Armario doble, sin mediar palabra, me agarra por el cuello con sus inmensas manos y presiona fuertemente.
-¿y e e el di di ne ne ro, hi hi jo de pu pu ta?- mesita de noche me susurra al oído.
El tipo es tartamudo y eso perjudica seriamente mi relación con armario doble que casi consigue desorbitarme los ojos mientras el enano mostachudo acaba la frase.
El mismo dedo que antes se alzó insolente ahora señala tembloroso la nevera. Mesita de noche se acerca como un pato mareado a ella, lo normal en un barco de 7 metros con overbooking repentino. La abre y sí, allí está, una bolsa de Wal*Mart llena de billetes, entre un bote de ketchup y una lata abierta de Miller. Concretamente tres mil de los grandes ganados suciamente a los rusos en el Palm Beach Kennel Club. La última carrera del sábado había sido muy rentable gracias a aquellos malditos galgos drogados hasta los collares.
-¡a a ca ca ba con él!- espeta mirando los fajos.
Armario doble comienza a apretar sus tenazas enguantadas a lo bestia y sufro muchísimo, tengo ganas de vomitar, me asfixio, lucho, retuerzo brazos y piernas, me empalmo, pierdo la visión … … … … … … … ¿Estoy muerto? No lo sé. Lo que es seguro es que me he quedado sin la jodida pasta.

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