Esta historia da comienzo en el aparcamiento de un centro comercial a pocos instantes de su cierre diario. Pacientemente sentado al volante, en su plaza favorita, una de las más discretas, la H-11. En su ipod suena una y otra vez “plug me in” de los Add N To (X). Desde hace semanas no puede sacarse ese videoclip de la cabeza que ha pasado a formar parte de sus enfermizas obsesiones. Por los retrovisores observa a los clientes de última hora empujando sus carritos hacia los coches. A estas horas abundan los clientes solitarios, los que salen tarde de sus trabajos y van a hacer sus compras deprisa y corriendo minutos antes de que los comercios cierren. Bendito Carrefour, gracias por cerrar tan tarde, piensa él. Él es nuestro protagonista, un cazador implacable, un depredador ibérico que sigue el ritmo de la música golpeando suavemente con los dedos el toro de plástico que hay en el salpicadero. Se las da de castizo pero al muy cerdo le encanta usar el puño americano. Puede ser una gran noche. Cada vez quedan menos coches en el parking pero todavía resiste uno en la H-12 y eso es requisito imprescindible y fundamental para poner en marcha la cacería. Además augura una buena presa. Lo presiente porque es un Lancia, un pequeño utilitario de gama alta, de reciente matriculación, con una L puesta en la luna trasera junto a la ingenua pegatina de Hello Kitty, un coche de niñata seguro, regalo de sus papis por cumplir 18 o diplomarse con buena nota. El calor, la última raya de farlopa y diversas elucubraciones mentales le hacen sudar. Se seca la frente con servilletas del mc auto y sorbe con desgana los restos de hielo del vaso de refresco. ¡Atención! El cazador de repente baja el volumen. ¡Bingo! Parece que a lo lejos alguien con un carrito toma la dirección adecuada y posiblemente llegue el momento de actuar. El chirriar de las ruedas va metiéndose en sus oídos a medida que se aproxima y el cazador se desliza delicadamente por el asiento. Mirando por encima del volante comprueba que es una chica con gafas, morena, gordita, de estatura media que empuja sus compras no sin algunos problemas. La respiración se intensifica y los latidos de su corazón se aceleran mientras espera agazapado sobre la alfombrilla. El carro deja de oírse, seguidamente escucha unos pasos cercanos y el “clak” de apertura del maletero. Llegado al punto de excitación máxima coge el puño americano de la guantera, sube a todo volumen el ipod, se incorpora y sale de la furgoneta rápidamente. Mordiéndose con rabia los labios se abalanza por detrás sobre ella. El paso siguiente son dos golpes secos y certeros en la nuca de la desdichada que cae desplomada sobre su propio maletero. La ira y el placer disimulan el dolor de su mano. Con una tranquilidad pasmosa levanta la cabeza y echa un vistazo, hay calma tras la tormenta. La arrastra un par de metros, abre la puerta trasera de la furgoneta y la introduce en su interior como si de un saco de patatas se tratase. Luego recoge toda su compra y la introduce también, pero lo hace con sumo cuidado y delicadeza, ha distinguido botellas y huevos en las bolsas. Con naturalidad cierra el maletero del Lancia y lleva el carrito al puesto de enganche más cercano recuperando un euro. Ahora se mete en la furgoneta y con cinta de embalar la amordaza y la ata de pies y manos, mientras tanto, de cintura para abajo, su paquete refleja un repentino esplendor que le hace superar por unos momentos sus serios problemas de erección. Le quita las gafas y observa sangre en sus cabellos pero no está muerta, menos mal. Este tipo de caza requiere a la presa magullada pero con vida que es realmente lo importante. Arranca la furgoneta tranquilamente y abandona el aparcamiento con la misma velocidad que un turista despistado, no hay que levantar sospechas. Satisfecho se quita los auriculares y sonríe. En su caso la cara no es el espejo del alma pero sí que lo es de pura satisfacción. Ya en las afueras de la ciudad se dispone a coger la autovía dirección oeste y para ello enfila la calle estrecha previa a la rotonda por la que suele pasar todos los días pero ¡Oh, no, Sorpresa! Sin posibilidad de reacción se encuentra con un control de la policía nacional de los de ametralladora en mano, perros inquietos y cadenas de detención stingers. A la señal de alto detiene la furgoneta con nerviosismo. Dos agentes se acercan con las linternas, le piden la documentación y solicitan que les muestre el interior del vehículo. El cazador, ahora ya resignado, es consciente de que sus días de caza terminan aquí, con una veda más que forzosa e indefinida. Mientras, en el interior de su furgoneta yace una chica inconsciente, natural de Pedralbes, hija de la directora general de acción cívica de la Generalitat, perteneciente a Esquerra Republicana de Catalunya, que pasaba unos días de vacaciones en un apartamento familiar. Curiosa manía la de la puta Casa Real de veranear también en Mallorca con la jodida cantidad de controles policiales que ello supone.

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Excelente
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