Hola a todos, me llamo Cabrón y tengo once años, pero once de 1982. Todos los sábados vamos a comer a casa de los abuelos. Mi padre acaba de dejar en la puerta a mi madre y a la cerda de mi hermana. Yo me voy con él a aparcar. Es un Ford Fiesta L de esos de color diarrea. Encontramos un sitio, justito, pero lo encajamos a base de golpes y maniobras entre un Renault 12 verde y otro Ford Fiesta exactamente igual que el nuestro, son tiempos en que la mierda viste mucho. Subo la ventanilla, va muy dura y casi me rompo la muñeca. Mi padre sube la suya mientras despega su camisa sudada del asiento. Pone la barra antirrobo. Tecnología punta dice él y cerramos las puertas delicadamente, sin dar portazos, el coche solamente tiene dos años. Me ofrece la mano pero la rechazo. Cruzamos la calle, él andando de mala gana y yo corriendo. Para él comer con sus suegros es un coñazo, para mi es divertido. La entrada está abierta. Subimos, es un tercero sin ascensor. Me adelanto y le doy al picaporte. Unos segundos después abre mi abuelo, pelo blanco en pecho, sin camisa. Saludos de rigor entre ellos mientras su mano frota enérgicamente mi cabello. Arranco a toda velocidad por el oscuro pasillo hasta llegar a la sala. Allí está mi abuela, sentada en la butaca, que sostiene entre sus piernas a la que desde hace tres años es el juguete de toda la familia, la cerda babosa la llamo yo. Mi abuela me pide un beso y a regañadientes se lo doy. Mi madre que está de pie en el mirador observando el bullicio de la plaza se gira sonriendo al ver como intento esquivar los tres eternos pelos de su bigote. De paso, aprovecho para soltar un codazo a la cerda. Siempre lo mismo, pausa de sorpresa, uno, dos, tres y ya, rompe a llorar. Todos me increpan, me recuerdan lo mal hermano que soy y que se me castigará al llegar a casa. Pasada la tempestad nos reunimos a manteles y empezamos a comer una de las tres únicas bazofias que sabe cocinar mi abuela y que va alternando sábado tras sábado. Pasan los minutos. La sopa se enfría pero la comida se calienta. ¿Será el menú el causante de las discusiones de mis padres en la mesa?. Desconecto de tanto aullido y pongo mi atención en el televisor. Están dando dibujos de naranjito, citronio y compañía. ¡Menuda mierda! Parecen dibujados por Fernández, el retrasado que se sienta en la última fila de mi clase. Acabamos de comer y mi madre lloriqueando como siempre. Las mujeres se encierran en la cocina, mi padre lee el periódico y mi abuelo se apoltrona en la butaca dispuesto a su sesión de tarde en el lejano oeste. Al fin ha llegado mi momento, por lo que vale la pena venir todos los sábados. Silbando, manos atrás emprendo mi viaje personal, lo que hace que todos los fines de semana tengan sentido. Sigo el mismo oscuro pasillo de antes, ignoro distintas dependencias a los lados hasta finalmente entrar en la habitación de mi abuelo. Hace años que duermen en habitaciones separadas, ambos roncan y no se soportan. Abro el armario principal, pongo un pie encima del segundo cajón y tomo impulso. Tanteo el altillo con la mano derecha hasta que doy con el divino tesoro. Son un montón de revistas. Las bajo, me tiemblan las manos, me siento en la cama, miro a todos lados, quito el elástico que las sujeta, las pongo sobre mis piernas y comienza el festín: Macho, Lib, Lib, Lib, Macho, Lib, Macho, Lib. Ocho revistas en total, no hay ninguna novedad desde la última vez. Ojeo cada una de ellas con detenimiento, como si quisiera encontrar un código cifrado en alguna de sus páginas. Sus protagonistas son mis amigas desde hace tiempo, conozco perfectamente sus nombres: Luz, Bárbara, Luisa, Marisol, Fernanda, Irene, etc. Todas me gustan, todas sonríen, todas me miran. La mayoría son morenas e incluso una es de raza negra. Algunas son rubias pero solamente de cabello, curiosamente tienen el pelo de abajo oscuro. Estas tías enseñan todo, no como las que veo cuando vamos a la playa. De repente, abocado un sábado más a estos momentos privados en el dormitorio de mi abuelo, placeres ocultos, sensaciones indescriptibles, bombeo de sangre, cosquilleo en la entrepierna, y… ¡mierda! Oigo pasos, pero eso es otra historia.

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